Ver buen periodismo en los noticiarios centrales de la televisión abierta chilena es un privilegio cada vez más azaroso, una aventura épica en la que los dioses del people meter y las fuerzas del lado oscuro se conjugan para que uno termine más confundido que cuando entró.

 

Podría decirse que una serie que parte con John Fogerty como invitado y que lo pone tocando “Fortunate Son” en sus primeras escenas ya tiene la mitad de mi cariño ganado. Pero la verdad es que “The Finder” hizo bien poco por conservarlo. Enredada, rocambolesca y con un guión que es una masacre, el primer episodio dejó gustos dispares, sobre todo con la historia que no tenía ni pies ni cabeza.

 

Las series familiares dignas de ver se cuentan con los dedos de las manos y en general apuntar a un lugar tan amplio de audiencia genera engendros demasiado ligeros, a veces hasta incongruentes, en los que la visita madura y analítica resulta insoportable. Pero no es el caso de “Once upon a time”, uno de los grandes éxitos de la televisión norteamericana de la presente temporada... y con mucha razón.

 

Les pido perdón por anticipado, pues voy a hablar de un referente generacional y es probable que mi juicio quede completamente nublado por las trampas de la nostalgia. Y es que para mí Beavis & Butt-Head equivale a un viaje en el tiempo a mis 15 años, a los noventas, las camisas leñadoras, el grunge, el cartuchismo en la tv chilena y al MTV que sí veía, ese que tenía mucho más rock que el de ahora y no sólo me refiero a lo musical.

 

 

No me gustó la nueva sitcom de Fox y pienso que mucho de lo que se ha dicho sobre esta serie está un tanto exagerado por la admiración que despierta Zooey Deschanel, sea esta justa o no. Debo reconocer que la chica tiene su carisma y encanto y que demuestra con esta sitcom que puede llevar el peso dramático de una serie por sí misma. Pero más allá de Zooey- de verdad sin ella “New Girl” sería intragable- la serie no destaca por nada, es más, se hunde en ese océano de mediocridad televisiva que olvidamos apenas dejamos la pantalla.

 

Muchas veces la prueba de fuego de un gran actor de televisión llega tras un éxito demasiado rotundo. A diferencia del cine, en que por el formato mismo, pueden pasearse de personaje en personaje varias veces al año, en la televisión un buen trabajo puede significar una marca de por vida, extendida en la reiteración por largas temporadas. Muy bien lo sabe Kelsey Grammer, que se llevó sus buenos 20 años (9 en Cheers, 11 en Frasier) atado al personaje de Frasier Crane.

 “Smash”, es un drama musical producido por Steven Spielberg. Su centro es la producción de una obra de Broadway basada en la vida de Marilyn Monroe. Al rededor de la obra conoceremos a 2 actrices, una veterana del rubro que parece nacida para el papel, otra una novata pletórica de talento que sirve café mientras espera su gran oportunidad.

 

 

 

Somos postmodernos, lo que en el fondo es como decir que seguimos siendo modernos, pero en el digno espíritu light de nuestra era. Una época cáscara, esperando por contenido. Y bueno, no todos tenemos relleno para meter allí, en ese vacío emocional que nos deja el sinsentido frenético que avanza implacable a través de las cosas que importan de la vida, que lo confunde todo porque todo es igualmente válido. Vivimos en una sociedad sedienta de gurúes, en donde la sabiduría se confunde con los charlatanes con la misma facilidad con la que el azúcar se disuelve en el café caliente.

 

 

 “Inside Job” es el documental que ganó el Oscar en su género el 2011 y acaba de ser estrenado por HBO. Es una crónica minuciosa y profunda de las causas de la crisis financiera y económica de 2008, un relato descarnado del crimen del siglo, un robo perfecto que no ha sido pagado con ni un solo día de cárcel por sus responsables, pero que mando a millones de seres humanos que no tenían nada que ver a vivir bajo la línea de pobreza.

 

 

 

Pretenciosa es “Lynch” y en esto de la ficción, cuando te crees más de lo que eres, aumentas considerablemente las posibilidades de fracasar. Tomándose demasiado en serio a ratos y atrapada por su premisa inicial, dedica tanto tiempo a darle sentido a una historia que no lo tendrá, que comenzamos a sospechar de los trucos mucho antes de verlos venir. Eso no sería un problema si al menos se estableciera cierta complicidad con el televidente, en lugar de darle rienda suelta a los giros inesperados, que, parafraseando al Doctor Doofenshmirtz de “Phineas y Ferb”, de tan inesperados son completamente esperados.