
El dormitorio de mi primo era una fotocopia del pasado, aunque ahora el blanco estaba más gris y la humedad sureña ya descascaraba las paredes. La última mano de pintura se la habían dado hacía veinte años, si no más. El póster de La guerra de las galaxias, que él mismo había dibujado con plumones de tinta, continuaba colgado encima de la cabecera, pegado a pulso sobre un bastidor de madera. Acerqué mis manos al garabato de colores, los años habían terminado uniendo el rojo con el azul, diluyendo todo en un gris debilucho, casi transparente.